viernes, 17 de febrero de 2012

Lo que me gusta es la cheve

Por: Daniel Herrera

Foto: Miguel Espino©
La verdad es que sí me gusta lo que hago, es mejor que trabajar en cualquier maquiladora o en la Soriana. Algunas veces me va muy bien y la verdad es que no tengo que mantener a nadie, todo el dinero es para mí y espero estar así por un buen tiempo. La verdad comencé muy verde, primero era mesera en un bar que estaba por el centro. Y mi novio iba al bar y se sentaba de espaldas a la barra, viendo siempre hacia la puerta, el puñal se encabronaba porque yo trabajaba y decía que era bien puta, pero él se chupaba todas las botellas que yo le pichaba. Además siempre le daba para lo que quisiera, con él se me iba el sueldo.
Entonces una noche que ya me tenía hasta la madre, un güey que estaba bien sabroso me ofreció una lana si lo acompañaba a un hotel. A la salida me esperó y nos fuimos a uno por ahí del centro. Fue la primera vez, el cabrón me pidió que se la jalara y ya, fue todo, fácil y rápido. Sólo tuve que limpiarme las manos y la cara. ¿Has olido los mecos alguna vez? Huelen como a cloro, ¿verdad? Pero se me hace que nunca los has probado. Saben a yoghurt un poquito pasado. Yo ya lo he hecho muchas veces, claro que siempre cobro más. El otro día un güey me propuso metérmela por el culo, entonces lo mandé a la chingada, pero me enseñó tanta lana que no pude decir que no.
Así fue como empecé y desde entonces he tenido muchos clientes y la verdad es por qué estoy bastante buena. Y no tengo problemas con lo que quieran hacer ellos, ¡fíjese! Una vez hasta me pidieron que yo me metiera el dedo y después que cagara encima del güey. Por todo esto cobro mucho más, porque en realidad lo único que me interesa es el dinero. Otros son como usted que sólo viene a platicar, esos son los mejores.
Sólo espero que todo mejore, porque tampoco tengo ganas de seguir aquí haciendo lo mismo, ando viendo cómo hacerle para irme para el otro lado, dicen que en Juaritos hay mucho trabajo, no como aquí. Pero primero tengo que ahorrar para irme, pero también tengo que dejar de tomar, ya una vez me hicieron pendeja por andar tomando cuando trabajo. Pero la neta es que la cerveza es lo que más me gusta, con ese color tan lindo y las gotitas que se le forman a la botella. Ya no tomo cuando trabajo pero en  las madrugadas si me chingo un buen de cheves.
¿Y a usted no le gusta? ¿Si quiere puede picharme unas? Al fin que no vamos a hacer nada. Esta noche está tranquila, si no es por usted me cae que no consigo nada.
Fíjese que sí he viajado al otro lado dos tres veces, la neta no me gusta la cerveza de allá, pero lo demás esta chingón, fui de vacaciones, cuando mi mamá pagaba todo. Mi papá trabajaba por allá y de vez en cuando venía, pero un día se quedo allá, porque ya le calentaba más los huevos una morra de por allá. Mi mamá se quedó con los cinco hijos que tenía, yo soy una de en medio, los otros quién sabe dónde anden.
Después mi mamá se enteró de que yo trabajaba en esto y me corrió de la casa, la verdad ya mero me iba a salir, con lo que gano aquí sí me alcanza para mí solita.
Aquí tengo unas amigas que siempre nos ayudamos, a veces algunos cabrones les da por querer golpearnos, pero nos juntamos y en bola les damos en la madre. Por cierto, ¿no quiere platicar con mis amigas? Ellas también tienen muchas historias, es que hoy es un día flojo, así también nos tomamos todos unas cheves. A lo mejor hasta le hacemos algo de a grapa, ¿cómo ve?

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Daniel Herrera
Escritor, profesor y periodista. Nació en Torreón, Coahuila en 1978.  Licenciado en Comunicación y estudiante de la Maestría en Historia. Ha publicado en distintas revistas nacionales como Replicante, Moho, Armas y letras, Punto de partida y La Tempestad. Su primera novela Con las piernas ligeramente separadas, fue publicada en el 2005 dentro de la colección La Fragua del Instituto Coahuilense de Cultura. Polvo rojo (Ficticia, 2009) es su segundo libro. Publica periódicamente en www.puratolvanera.blogspot.com y se le puede seguir en Twitter: @puratolvanera.

lunes, 13 de junio de 2011

Finis terrae

Por: Alfredo Loera
La suburban lideraba el convoy. Yo, desde el centro del primer asiento trasero, podía ver la carretera extenderse entre dos grandes planos blancos. La nieve cubría toda la extensión del paisaje a ambos lados. Bajo el cielo de la tarde nublada, cada cierto tiempo, los faros de los trailers se vislumbraban en el horizonte, haciéndose cada vez más grandes, hasta que pasaban por el costado de nuestro vehículo a alta velocidad, estremeciéndolo (más de una ocasión estuvo a punto de derraparse). Cargaban en sus cajas troncos pesados, de treinta o cuarenta metros de largo. A nosotros nos habían contratado para talar ese bosque ya muerto que era trasladado hacia las ciudades.
            En el asiento del copiloto, el capataz llevaba en sus manos un pequeño mapa electrónico e intermitentemente veía un diminuto triángulo que cambiaba de ubicación. Yo no hablaba bien inglés y no pude preguntarle en dónde estábamos. Sabía que era muy al norte. Hacía doce horas que habíamos salido de Edmonton, y de pronto me daba la sensación de que nos dirigíamos hacia ninguna parte.
            Los pinos cercaban el camino y nada cambiaba con el tiempo. La nieve caía despacio, sin descanso. No había ningún otro lugar a donde ir, más que adelante o atrás. Todo lo que estaba a los costados se presentaba como algo desconocido para el hombre. Pensé que había sido una mala idea haber ingresado a ese programa de empleo temporal para inmigrantes.
            Nuestro capataz balbucía algo al chofer y su expresión intentaba denotar confianza, pero creí que no sabía dónde estábamos. De pronto, pensé que la carretera por la que transitábamos había sido construida por dioses, como si fueran las ruinas de una civilización muy antigua. Que nadie jamás había andado por donde íbamos, y que era absurdo que alguien intentara guiarse mediante ese mapa que seguramente no servía de nada en aquel helado paraje.

Nos instalaron en Fort Mcmurray, un pequeño pueblo. Ahí se encontraba la base de operaciones de la empresa que nos contrató. Cada día, por la mañana, nos trasladaban ciento cincuenta millas más al norte para talar. Una carretera derruida que abruptamente terminaba en medio de la nada nos llevaba hasta allá.
Amanecía a las 3 de la mañana y oscurecía a las 4 de la tarde. Debíamos estar listos para partir al bosque a las 0300, y debíamos tener cuidado de siempre regresar a los vagones de resguardo a las 1300. Debíamos estar en Fort Mcmurray antes de oscurecer. La temperatura llegaba hasta los veinte grados bajo cero.
Recuerdo que la primera jornada uno de los canadienses reía arrogante. Posiblemente, lo hacía porque estaba al tanto de que muy pocos entendían las palabras que pronunciaba. Nos miraba con desprecio y como si fuera inútil intentar comunicarse con nosotros. Llamó nuestra atención con gruñidos. Sus ojos claros y arrugados miraban de manera profunda; los inmigrantes éramos la carne de cañón y seguramente la paga que nos darían resultaba una miseria para el trabajo que nos esperaba afuera. Comenzó a gritar, daba algunas instrucciones. Capté algunas palabras: ice, listen, don’t go, wait, pero nada más. Me acerqué a un compañero y le pregunté lo que ocurría. ¿Qué tanto decía el gringo? “Dice que después de Mcmurray no hay nada. Que es el último pueblo que hay al norte, que más arriba no habita nadie”, contestó.


Estuve trabajando allá arriba tres meses. En ese tiempo salíamos al frío, cubiertos con grandes abrigos y con unas gafas que nos protegían los ojos del reflejo del sol sobre la nieve. De estas últimas, decían que era muy importante que no nos las quitáramos porque el destello solar, con las horas, ocasionaba desorientación, y que sin ellas sería mucho más fácil perderse en las planicies del bosque. Los capataces siempre cargaban esos mapas, que después me enteré se llamaban GPS, y murmuraban y luego nos dirigían de aquí para allá en pequeños vehículos para la nieve.
Cada jornada, los pinos fueron cayendo uno a uno, mientras con retroexcavadoras los subían a los trailers que corrían sobre el hielo. A mí no dejaba de parecerme curioso que con esos aparatos supieran dónde estábamos y que nunca nos perdiéramos.
            Una mañana tuve la oportunidad de mirar de cerca el GPS. Mientras inspeccionaba una sierra dañada, un capataz me ordenó que le indicara nuestra ubicación. No pude hacerlo porque lo único que aparecía en la pantalla era esto:

Creí que ellos se engañaban. Pensé que nadie podría guiarse con esa imagen. No había caminos, no había pueblos, ni fronteras de estados, no había nada, sólo esas manchas que simbolizaban lagos que estarían congelados, que en la realidad no se podrían encontrar, y de pronto pensé que, debajo de toda esa nieve, cómo podrían saber que existían esos lagos, y luego me dije que era uno de esos juguetes que los gringos siempre tienen para sentirse los dueños del mundo, pero que nada podía decirles en ese sitio. El capataz me arrebató el GPS y me gritó algo, un insulto. Me quedé parado un momento y me alejé para continuar con mi trabajo.
            “Los mapas sólo sirven en lugares conocidos”, me dije. “No pueden servirte en un lugar en el que estás perdido”. Estaba cansado de aquel lugar. Me quité las gafas y miré hacia alguna parte, no sabía si a oriente o a occidente, todo brillaba, sin punto de referencia, toda la blancura cubría mi mirada. Con mis propios ojos, observaba el final de la tierra conocida de esta parte del mundo. 
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Alfredo Loera nació en Torreón, Coahuila, en 1983. Cursó un diplomado en creación literaria en la Escuela de Escritores de La Laguna. En 2010, la Universidad Autónoma de Coahuila publicó Fuegos fatuos, su primer libro de cuentos en la Tercera Serie de la colección Siglo XXI Escritores Coahuilenses. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas 2011-2010 y 2010-2009.

miércoles, 8 de junio de 2011

Dismorfofobia


Por: Enrique Lomas Urista

Escultura: Guillermo Colmenero©
Navaja en mano enfrentó al espejo. Esquivó su imagen bajando la mirada hacia el lavabo, pero el agua turbia acumulada en el fondo le apuñaló la estima con un reflejo y una idea grotesca de lo que venía. Ser feo es terrible, pensó.
El rostro anguloso, la barba cerrada, la nariz perfecta, encajaron en el espacio de 30 por 30 pulgadas de ese cristal con que solo el humano se mira.
Algunas canas nevaban el rostro envidiado del hombre de 30 años, pero fueron segadas en juicio sumario y con la acción eficaz del filo de oro de la navaja.
La mirada se nubló y la nariz creció un poco, los poros se abrieron y la grasa impertinente tuvo que ser abatida con el paso de una fibra que arañó esa cara tan querida.
Las cejas se unieron en un encontronazo de fealdad instantánea, por lo que el hombre buscó remediar el repentino brote con un zarpazo de navaja, dañando irreparablemente un párpado que lloró una lágrima roja.
El párpado maltrecho fue lo de menos ante los surcos inesperados que ya nacían en la frente y que lo exasperaron hasta el llanto.
Pero lo peor ocurrió cuando su estatura ya no le permitió alcanzar su reflejo en el espejo, porque sus piernas se habían arqueado instalándolo en un cuerpo de enano.
Las nalgas le engordaron y le confirmaron la sospecha de haber arribado al enanismo y los brazos cortitos apenas le alcanzaron para arrimar una silla al lavabo frente al espejo para tratar de ver la gravedad de los estragos.
Ya su cara era ancha y sus labios habían crecido como los de un pez de charca maloliente cuando el llamado de su esposa detrás de la puerta del baño le hizo caer de la silla.
Como pudo se repuso y trepó de nuevo a la altura de sus ojos, para esculcar en la mirada restos de sí mismo, retazos del hombre gallardo que fue y que no vería jamás.
Retomó la navaja de oro, abandonó la silla que ya no le alcanzaba para mirarse al espejo y de plano trepó en el lavabo.
Miró de nuevo su rostro horrible, afiló el ansia de muerte y de un solo tajo cortó la yugular para liberarse de sí mismo por siempre.
Sobre el piso de mármol italiano se derramó el cuerpo atlético y el rostro perfecto del hombre, mientras su mujer intentaba derribar la puerta del baño con gritos espantosos.

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Enrique Lomas Urista nació en Hidalgo del Parral, Chihuahua, en 1966. Es corresponsal de Grupo Reforma en el estado de Chihuahua desde hace 20 años, oficio que lo ha acercado a los temas del narcotráfico e indigenismo.
Su trabajo como escritor se ha publicado en cinco crestomatías de cuento y una de poesía, entre los que destaca su primer libro de cuentos "Sueños derramados" y el clectivo de narraciones periodísticas que tejió en conjunto con 6 reconocidos periodistas chihuahuenses, 'La guerra por Juárez'. Ahora escribe su primera novela. Desde su adolescencia se dedicó al periodismo cultural y al guionismo de radio.
Escribe por recomendación de su madre, que le decía, entre la nube de fantasmas que habitaban sus tiempos de niñez, que cuando se tiene una pesadilla hay que contarla en voz alta para que no se cumpla.
Lomas fue el más joven de los integrantes del grupo literario “Botella al mar”, comandado por el maestro Saúl Rosales Carrillo y acompañado de las potentes voces de Gilberto Prado Galán, Jaime Muñoz Vagas y Pablo Arredondo, de donde emergió una crestomatía de cuentos.
Aunque está lejos respirando vida y esperando la muerte, a la Laguna le debe todo: sus mejores amigos, un título universitario, sus primeros amores y la maldita costumbre de dormir sin soñar para jugar a morir un poco.   
Ahora está en Chihuahua, pero de hecho Lomas nunca se ha ido del todo. En su pecho aún alberga el galope de un árido corazón al que le sacude el polvo cada vez que tiene un momento creativo.